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Los abruptos pueden ser violentos ,tozudos y hasta sectarios, pero los exabruptos son siempre resentidos..

Mario Benedetti

El imperio de los sentidos

JONATAN ALZURU*

Nuestro título evoca la famosa película de Nagisa Oshima de finales de los setenta. El amante movido por el sentido de la seducción y el erotismo conquista a la amada. La pasión del sexo se transforma en el único sentido de la relación. El sexo destrona la seducción. La relación misma genera otros sentidos.

 

Precisamente, porque el final de todo juego es jugar hasta que termine, no hay construcción, no hay después.

El objeto sexual se hace un sujeto y su sentido es único, la muerte. La ausencia absoluta de los amantes como señal de permanencia en lo único que tenía sentido, el sexo como juego. Allí está la paradoja mortal que plantea el filme, la destrucción de la seducción por la presencia absoluta de su manifestación placentera, de su juego, el sexo.

El poder, al igual que el sexo, es la arena seductora donde los diversos se encuentran para vivir o morir. La política es una apuesta erótica, es seductora, por su aliento de vida, de transformación, de cambio, de sueños infinitos, por los instantes de sentir el poder, darle dirección a una sociedad...

La permanencia en la arena del sexo o del poder transfigura los sentidos de seducción en destrucción. Porque los sujetos se dejan llevar por el río de lo dado hasta su muerte. Es un ámbito no de afirmación de la existencia, sino de la negación más plena de la vida.

La película es una metáfora que debe alertar a los seguidores del Gobierno, a sus actores políticos, a sus intelectuales pero también a la población en general por el destino del país. Este juego tiene consecuencias nefastas para la vida en común. El ¡Uh, ah! erotizante de una gran parte de la población terminará en el ¡Oh! ¡Ah! del terremoto social. ¿Cómo detener esta pasión enloquecida de estar en el juego permanente de una diatriba electoral? ¿Cómo detener los sentidos que estallan en el mundo de la vida por aquel que se enloqueció por el poder, transfigurándose en la crudeza de sentir que ahora y para siempre será el conductor de la historia? ¿Quién puede pensar en construcción, en cambio, en revolución? ¿Cuál cultura? ¿En qué horizonte? El poder sedujo de tal manera al Presidente que ya el asunto no es gobernar. Su sentido es permanecer en la contienda, para legitimar una y otra vez su mando. Para encarnar de una vez y para siempre su sitial de salvador de la patria. Para ello, su amado pueblo tiene que negarse una y otra vez frente a él, nadie puede afirmarse, nadie puede brillar. Los gobernadores dejaron de ser actores políticos. Se confiesan, sin ningún tipo de vergüenza, sin ninguna ristra de dignidad, en objetos permanentes de la voluntad de su señor, quien juega a sus antojos con cada uno de ellos.

El gobernador de Mérida, Marcos Díaz, en declaración publicada el 9 de diciembre resume lo afirmado: "El líder es Chávez. Ninguno tiene aspiraciones. Es absurdo. Tenemos un líder y por él daremos la vida. No somos importantes. Sólo Chávez".

La declaración no sólo es patética sino que es un síntoma de descomposición del juego social y político que estamos viviendo. No es posible que algunos, intentando encontrar un hilo de racionalidad, aún en la desproporción de la brutalidad del acto del gobierno, sientan que es posible encontrar un resquicio para debatir y diferenciar una reforma de una enmienda aunque ambos nombres tengan dentro de sí un contenido idéntico: la reelección indefinida.

El problema al final de las cuentas no este leguleyismo de cuarta categoría de la Asamblea y de los retruécanos de los "intelectuales perrito e’ taxis", sino de los sentidos que empiezan a florecer y a configurarse dentro de una sociedad. Se trata no sólo de una rotura del sentido de la política, sino de una manifestación atroz de una corrupción ética. Se trata del síntoma de una enfermedad que habita en el cuerpo social, de un cáncer. La manifestación más evidente es cuando un sujeto se cree el conductor del destino de un país, de un continente, y la sociedad discute lo acertado o no de la afirmación.

Esto sucede cuando la seducción política se transforma en perversión.

*Universidad Central de Venezuela

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