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Espeluznante Navidad
Enviado por Admin el Lun, 12/01/2009 - 13:17.

CLAUDIO NAZOA - El NACIONAL
E ste 24 de diciembre, mi mujer, mis tres hijos, mi suegra y una tía solterona que por mojigata nadie quiere salir con ella, aceptamos una invitación para celebrar la Navidad en la casa de campo de un amigo.
¡Qué sitio tan bonito! Todo de lujo, y ni hablar de la amabilidad del anfitrión y su esposa.
Cómo sería la cosa que mis dos horribles hijos adolescentes, quienes por supuesto iban obligados, al ver la piscina, dijeron: ¡Papá! ¡Esto sí está arrecho! Al rato llegó el profesor Alberto Soria y su familia. Me pareció absolutamente increíble que alguien pudiera convencer a ¡Alberto Soria! de que aceptara una invitación y mucho menos con su familia. Por mi parte, me alegré que ser tan exquisito, de sangre azul y tan excéntrico, pasara la Navidad con nosotros.
Emocionado corrí hacia Alberto, quien, con su elegante bastón, me detuvo: Claudio dijo con voz de noble déjame llegar a mis aposentos y después te saludo...
¡Niños...! Vengan.
Con gran algarabía entraron sus siete nietos. Todos traían en sus manos diabólicos juguetes: arcos y flechas, un megáfono, pinturas de aerosol y ¡un juego de bolas criollas! Los Soria se retiraron a sus habitaciones y no los vi hasta la noche. No había transcurrido una hora cuando llegó la segunda gran sorpresa: ¡César Miguel Rondón, su esposa y sus hijos! Yo estaba patidifuso.
Lo único que le pedí a Dios era que esta familia me tratara con cariño... Dios me escuchó. César y su inteligente y hermosa esposa, Flor Alicia Anzola, ni siquiera subieron a su habitación, se sentaron junto a mí para degustar la champaña que Enrique, el mayordomo, había descorchado.
La pesadilla comenzó cuando sirvieron la cena. A las 10:00 pm, el profesor Soria salió del cuarto como una lechuga, mientras César, Flor Alicia, mi tía solterona y yo, bebíamos la sexta botella de Moët Chandon y la segunda de Ponche Crema.
Aterrados nos dimos cuenta de que Pedro Penzini Fleury acababa de llegar con unas insípidas hallacas vegetarianas y una jarrota de jugo de lechosa sin azúcar. Soria, al mirar nuestro deplorable estado, dijo: ¡Buenas noches...! Hay que ser bien chusma para emborracharse con champaña y Ponche Crema... luego, enfático y ofuscado, añadió y con respecto a estas hallacas vegetarianas ¡Por Dios! ¿Quién trajo esto? Todos miramos a Pedro Penzini, quien, con una mezcolanza de temor y vergüenza, contestó tímidamente: ¡Esto lo hago por ustedes! El cochino y el whisky hacen daño. Además, recuerden, correr es vivir...
Entretanto, mis dos hijos adolescentes se habían emborrachado con anís El Mono y se estaban bañando desnudos en la piscina; mi hija, con los codos en la mesa, vació sobre Soria el jugo de lechosa, y a mi tía solterona la encontraron besándose con Enrique, el mayordomo. Por el nerviosismo, al anfitrión y dueño de la casa le subió peligrosamente la tensión y con toda su familia se fue a una clínica y dejó aquel infierno prendido.
César Miguel y yo, enratonados, amanecimos en la piscina entre Parsel y café negro.
Por su parte, Pedro Penzini, en posición de loto y escuchando música hindú, no dejaba de hablar mal de Mi whisky, tu whisky, el whisky.
El profesor Soria, indignado, se dispuso a huir de aquel aquelarre mientras sentenciaba: Por menos, Dios destruyó a Sodoma y Gomorra...
Mi tía solterona, aún bajo los efectos del alcohol, susurró: ¡Aaaah, pues...! ¿Y este no fue el que escribió un libro llamado Permiso para pecar...?














Navidad infernal
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